lunes, 11 de marzo de 2019

BLONDEAU TODO A PEDAL CON BiRuedasZN (escrito el 20/11/2016)



La salida “Blondeau 180 km Totales!!”, me pareció un desafio interesante que no debía dejar de encarar por varias razones.  Es una zona que me trae recuerdos de mi pasado como apicultor, ya que durante varias primaveras fuimos a multiplicar las colonias al lugar.  El trayecto total sería para mi, de alrededor de 200 km, lo que lo convertiría en mi record absoluto.  Por último, iba a ser la pedaleada de despedida de mi Trek y no le podía fallar.

El entusiasmo por la salida era mucho, aunque tambíén la duda me acompañó hasta el último minuto.  Sin pretender ser exhaustivo, comparto con ustedes algunas de estas dudas, quizas las principales.  ¿Llegaré? ¿Uso el asiento que tengo puesto en la bici o lo cambio por otro más cómodo? ¿Pongo cubiertas mas gordas para la arena o dejo las de 1,90 que tengo puestas?  ¿Habrá Heineken en Blondeau?  Por eso, mi “asistiré” se demoró hasta la última hora de la noche del viernes.

Paradójicamente, mi decisión de ir la tomé no en las mejores condiciones. El viernes no me senti del todo bien, aunque esperaba amanecer en ópitmo estado.... (¿Que pasa? ¿Porqué esa sonrisa sarcástica? Deberían saber que cuando se trata de andar en bici siempre fui un optimista).

El sábado, me levanté un poco mejor que el viernes pero no tanto como esperaba, sin embargo, no tenía dudas que iba a llegar a la meta, sino cómodo, al menos entero pues los 150 km ya me resultan una distancia familiar.  Como siempre a la mañana inicié la ceremonía de preparar todo lo necesario. Luego desayuné un licuado de banana e ingerí tres pastillas de BCAA, que según dicen, entre otras cosas, ayudan a reducir el cansancio y maximizan la recuperación muscular. Ahhhh, el marketing, siempre el marketing.

Como siempre, salí unos 10 minutos tarde de casa, lo que me obligó a pedalear algo fuerte, para llegar a tiempo a la estatua del Polaco. Luego de los saludos y el encuentro con viejos conocidos y nuevos compañeros de pedal arrancamos la marcha a buen ritmo, el viento de frente parecía no ser tan fuerte como para entorpecer la travesía, pero ….. me equivoqué. Las subidas, pequeñas pero casi permanentes y el viento cada vez más fuerte fueron minando mis energías, al punto que pasando el Río Luján, Carolina me ofreció un gel energizante, que realmente me ayudó a llegar a Blondeau, aunque a un ritmo inferior al que hubiese preferido.

El recreo ya no es lo que era, se nota cierto abandono, los sandwiches de crudo y queso quedaron en la historia y para colmo de males la respuesta a la última duda que compartí con ustedes fue negativa, nos tuvimos que arreglar con Brahma y Quilmes, pero la hidratación es la hidratación y como tal irrenunciable.  Pero no todo está mal en Blondeau, la belleza del lugar es impresionante y con el recreo vacío ésta se magnífica. Se respira paz.

Luego del almuerzo, charla y algunas fotos del lugar emprendimos la vuelta. A esa altura mis asentaderas estaban pidiendo a gritos un asiento más blando, cosa obviamente imposible de lograr. Durante el regreso tomamos un camino alternativo flanqueado por álamos que nos proporcionaban una sombra muy necesaria a esa altura del día y que para mejor, no tenía arena lo que despertó efusivos comentarios de aprobación para con el guía.  Claro, a esa altura ignorabamos que el final del camino nos depararía unos 2000 metros de arena, digna del Sahara o el Néguev.  En esos metros quemé lo que creía era mi última reserva de energía.

Sin embargo al llegar a la Panamericana, el grupo tomó nuevos brios y los seguí por un buen rato a una velocidad cercana a los 30km/h, hasta que mi culo dijo basta. Eran tres pedaleadas y pararme, otras tres y pararme de nuevo lo que me impedia seguir el ritmo impuesto por el grupo.  Fue ahí, cuando acepté ser remolcado, lo cual al evitarme hacer demasiada fuerza me permitió recuperarme un poco y el dolor comenzó a mermar.

Luego de algunos km y de una parada para hidratación y otras cuestiones; ante el tránsito cada vez mas denso en la colectora, pedí pedalear de nuevo.  La ayuda recibida habia surtido efecto y puede mantener un ritmo razonable por algunos km hasta que (cuando no es tu día no es tu día, sabelo) se me trabó el descarrilador delantero en el plato chico, lo que me permitía ir muy cómodo en la pedaleada pero a una velocidad máxima de 12 km/h, conclusion volvió la soga y ahora no podia ayudar a quienes me llevaban.

Varios km despúes el descarrilador se destrabó y pude ayudar en algo tratando de mantener la soga floja la mayoría del tiempo.  Finalmente llegamos al parque Sarmiento con una hora y media de atraso respecto a la prevista; en parte por los inconvenientes sufridos por mí en la ruta.  Lo bueno es que nadie me lo hizo notar y me sentí muy acompañado.  Ya en CABA, Sergio me acompañó por un camino tranqui hasta Forest y Elcano, desde donde solo emprendí el camino a casa que fue menos traumático de lo que me imaginaba.

Fue una salida distinta para mí, exigente como decía el evento, melancólica por momentos cuando se me hacía un nudo en la garganta al pensar que esa sería la última salida con mi Trek. Dolorosa por largos ratos y con la novedad de haber sido remolcado por primera vez en mi vida de ciclista.  Si digo que volvería hacer el períplo con este grupo, no creo que todos se pongan contentos, pero es la verdad, fue un grupazo y me entrenaré para estar a la altura o sino me tendré que pasar a una eléctrica como la de Marcelo.

El record de los 200 km y hasta el de los 189 km que midió Edomondo para  el trayecto, quedó pendiente, espero que no por mucho tiempo. Pero como de todo se aprende y nunca es tarde para hacerlo; en esta salida he aprendido algo muy valioso que quiero compartir con todos ustedes, SI TENÉS GANAS DE TOMAR CERVEZA ANDÁ AL CHINO, es mas fácil.

sábado, 3 de enero de 2015

SALIDA EXPRESS AL PARANÁ DE LAS PALMAS (Escobar)


Con el fin de entrenar un poco para mi próxima travesía por el sur, el 24 antes de los efluvios de la noche buena, publiqué una invitación por facebook para aprovechar el feriado puente y hacer una pedaleada matutina hasta San Fernado o Tigre, picar algo ligero allí y volver a casa a disfurtar del aire acondicionado.
Al día siguiente se prendió Wally que publicó en su muro una invitación mas formal con hora y punto de encuentro y una frase ambigua que les transcribo “La idea es llegar hasta donde sea con dirección norte” a la cual al principio no le asigné demasiada importancia, pero ex post puedo afirmar que la misma no fue inocente ni casual sino que encerraba un plan cuidadosamente preconcebido.
Hacia la noche del 25 muchos nos habian desado suerte pero solo confirmaron su presencia Carolina y Eduardo, pensé que nosotros cuatro ibamos a ser únicos participantes de la salida express. A la hora prevista, 8,45 am, llego al punto de encuentro en el cual estaban Wally y Pablo. Al rato llegó Marcelo, luego Horacio y Gustavo. Ya sobre la hora llegaron Eduardo y Carolina. El grupo se había duplicado.
Antes de iniciar la pedaleada, alguien preguntó “a donde vamos a ir” y fue ahí cuando Wally, poniendo su mejor cara de “yo no fui” dijo que, … que bueno que ibamos para el norte y luego vemos “porque hay un lugar muy piola, en Escobar, El Paraná de las Palmas, pero ustedes no llegan ni mamados”
¿Cuantos kilómetros? Pregunto
Cincuenta y cinco, responde, todo asfalto.
Si no somos capaces de hacer, 110 km por asfalto mejor nos quedamos en casa viendo tele respondo.
Bueno, 55 por la colectora y desde Balbín y General Paz. Por el camino de los remeros es un un poquito más largo pero también más lindo.
Sin un punto de llegada totalmente consensuado, se acordó salir para el norte y evaluar sobre la marcha tres destinos alternativos: Tigre, Villa La Ñata y Paraná de Las Palmas en Escobar. El grupo aceptó la propuesta y arrancamos por Libertador rumbo a la General Paz, luego de cruzarla doblamos hacia la colctora de la Panamericana y por ésta fuimos casi hasta Tigre, destino que esta vez fue descartado por unanimidad.
Antes del ingreso a esa ciudad, desde la Panamericana, doblamos para tomar el camino de los remeros, pero por esas extrañezas de la toponimia, en todo el trayecto no nos cruzamos con ninguno, aunque si con varios ciclistas, caminantes y pescadores. Durante todo este trayecto el calor fue agobiante y algunos ciclistas parecian quedarse muy atrás respecto del resto del grupo, quizás por los efectos deletéreos del los brindis de fin de año, que habitualmente arrancan el 15 de diciembre, o por otras razones que no estimo prudente analzar ahora.
Dejamos atrás el camino de los remeros y a la altura de Nordelta, tomamos rumbo a Villa La Ñata, histórico destino de salidas ciclísticas y plan B obligado cuando el barro no nos permite abandonar el asfalto. Al llegar a la última rotonda -que hacia la derecha nos lleva a la villa y hacia la izquierda a Maschwit- y bajo una incipiente lluvia se realizó la última consulta para que el grupo decida si se dirigia a La Ñata o ponía stend con dirección al Paraná de Las Palmas en Escobar.
Vistas las condiciones del tiempo y el dispar rendimiento de algunos ciclistas y cilistas, varios planteamos que lo mejor sería ir a La Ñata, comer una buenas pastas en el lugar y retornar a Buenos Aires temprano, pero como nos pasa en casa, la última palabra la tuvo una dama. Carolina dijo “yo vine para ir a Escobar” y se acabó la discusión allá fuimos.
Un track en el GPS de Caludio W, supuestamente subido a la web por Ale Polvorines, era el único vinculo, entre nuestra actual posición y nuestro destino final. Así que nos encolumnamos tras nuestro tecnológico guia suplicando que el track fuese real y no “a fake one” como muchas cosas que pululan por la web.
El primer tramo del camino, fue una cinta asfaltica serpenteante que nos llevó por una sucesión de barrios privados en medio de una lluvia que se tornaba más y más intensa a medida que pasaba el tiempo. Bajo la lluvia tomé conciencia que estabamos transitando por uno de los lugares que junto con el calentamiento global y el incremento de las precipitaciones, generan las cada vez mas frecuentes inundaciones en la cuenca media y alta de rios como el Luján o el Reconquista. Allí, donde antes habia bañados solo aptos para asiento de juncos, nutrias y aves zancudas, que acogían los caudales excendentes, hoy vemos casas mediterraneas, canchas de golf y lagos artificiales …. naturaleza muerta que le dicen.
A llegar a un centro comercial estratégicamente ubicado entre varios barrios cerrados, ingresamos a comprar algo para tomar, dejar lo que habiamos tomado antes en el lugar correcto y comprar pilas para el GPS porque nuestro guía adivirtió que las que tenia puestas no durarian hasta alcanzar el destino final y en ese caso el riesgo de perdernos aumentaba exponencialmente. Wally no encontró ningún local que vendiera pilas, pero por suerte Carolina enterada del problema buscó en su portaequipajes y halló un par que serian utilizadas al poco rato.
A poco de retomar la marcha el camino hace una curva pronunciada, tan pronunciada que me da la sensación de estar volviendo, en esas elucubraciones estoy cuando de buenas a primeras se acaba el asfalto, allende el asfalto no hay huella, sendero ni nada y el track parece marcar rumbo a la mierda y no es ahí donde queremos ir. Por suerte alguien se acuerda haber pasado por allí hace mucho y que habia unos puentes, así recobramos la confianza en el track y allá fuimos.
Cruzar esos tres puentes, sobre las vias de un tren que desconozco si funciona, fue como viajar de un país a otro, un pasaje instantáneo desde la Play III a la pelota de trapo, del Jet Sky a la canoa de chapa, una travesía desde el sushi a la polenta sin queso, una pedaleada entre dos Argentinas que están ahí, tan lejos y a la vez tan cerca.
Luego de dejar atrás el humilde caserío, ahora ya por caminos de tierra, llegamos hasta el puente techado de Maschwit y luego de las fotos de rigor, le preguntamos a unos pibes que venian de pescar mojarritas; si para adelante estaba el rio; “No” fue la respuesta pero igual seguimos adelante, ya totalmente entregados a los designios del GPS.
A esa altura de la jornada el sol había vuelto a asomar y la elevadísima humedad parecia decidida a cocernos al vapor, eran casi las 2 de la tarde cuando al final de una suave pero casi interminable subida nos encontramos al borde de la barranca que desciende al Paraná. Al parecer habíamos llegado, sin embargo aún faltaba la ruta 25, o lo que queda de ella. Ésta logró convertir a nuestras bicis en una suerte de manada errante de toros mecánicos sobre ruedas, tal los corcoveos que la destruida calzada provocaba en nuestras máquinas. No obstante, todos logramos sortearla sin otro contratiempo, que nuestra hambre y nuestra sed que a esa altura eran desmedidas.
Tras un par intentos fallidos de almozar en algún restaurante y pinchadura de por medio, recalamos en un recreo ribereño, próximo al cementerio de barcos del lugar, donde armamos una improvisada mesa bajo un quincho repleto a causa de la lluvia. Tras unos sandwiches de milanesa -muy buenos- cerveza para hidratarnos y un corto descanso emprendimos el regreso por el camino más corto, que nos llevaria por tierra hasta Maswicht y luego a Capital por la colectora de la Panamericana.
En el camino de vuelta mi necesidad impostergable de una parada técnica, nos permitió descubrir el ingreso al camino que lleva al camping “El Barba” el cual seguramente visitaremos en una próxima travesia. Ya en la cima de la barranca, tomamos a la izquierda en dirección a Maschwit y de allí a la colectora. Solo faltaban unos 45 km de asfalto para llegar a casa. La noche nos econtró pedalenado y como no habia llevado luces porque la idea era volver temprano, recurrí a unas cintas reflectantes que tenia en la mochila para ser visto por los automovilistas.
Pasando la General Paz y tras algo más de 130 km pedaleando juntos, el grupo se dividió y a partir de Congreso y Triunvirato seguí solo rumbo a Corrientes. -Voy a aprovechar y pasar a ver la estatua del Flaco Spinetta que está cerca de la estación del tren, pensé, pero tal era el cansancio que cinco cuadras después no me acordé del tema y pasé por ahi a toda velocidad -que a esa altura no superaba los 20 km/hora- como si estuviese transitando esas “rutas argentinas hasta el fin”.
Mientras escribía esto, no pude dejar de sentir un poco de envidia del cuarteto que el 2 de Enero encaró el camino Royero por Ribera-Marcos Paz, propuesto por Waly hace unos días. Me fue imposible acompañarlos, porque se me complicaba dejar sola a la perra. Pero sobre todo “Devido” a la falta de energía eléctrica y en cosecuencia de agua en mi departamento que ya es un clásico de todos los veranos. El lado bueno es que no tendrán que aguantar, al menos de mi parte, el relato de ese circuito.


martes, 10 de junio de 2014

VILLA LA ANGOSTURA – ESQUEL POR LA CARRETERA AUSTRAL


Cuando mis compañeros de ruta del 2013, me avisaron algo tardíamente que no iban a poder acompañarme, como habíamos planeado, en el Cruce de los Andes 2014, me invadió una sensación de angustia. Estaba solo y la posibilidad del Cruce parecía desvanecerse...
Pasado el primer momento de shock, y a poco menos de un mes del inicio de mis vacaciones, que había reservado para eso, me dediqué a buscar el modo de emprender la soñada travesía. Finalmente, encontré una propuesta muy interesante –ofrecida por Los de La Bici- que parecía la menos estructurada dentro de las organizadas, lo cual resultaba lo más parecido a mi idea inicial, de hacer el itinerario de manera autónoma.
Luego de unas llamadas telefónicas y tras una entrevista de “admisión” me incorporé al grupo. Mi tardía incorporación al grupo, me deparó algunos problemas logísticos, especialmente en relación al costo de los pasajes. Finalmente luego de una ardua búsqueda, pude resolver el tema. Ida en Bus a Villa La Angostura por 100 dólares y vuelta en avión desde Esquel gratarola, aprovechado unas millas que tenía acumuladas.
Los días previos a la partida los pasé preparando y revisando el equipo una y otra vez hasta que el 15 de Enero. Durante la reunión prevista para cargar bicis y equipajes en el tráiler, conocí a quienes serían mis compañeros de viaje. Hasta el momento de abordar el ómnibus el sábado 17 a la noche, estuve muy inquieto, pero el día finalmente llegó y luego de un viaje más largo que lo esperado, el 18 cerca de las 7 de la tarde llegamos a Villa La Angostura.
El camping era un hervidero, me costó asimilar que ese fuera el mismo lugar en el cual en febrero del año anterior dudé donde poner la carpa de tanto espacio que había disponible. El lugar reservado para el grupo, lucia como un abigarrado racimo de carpas y bicis que a la mañana siguiente quedaría vacío solo por algunos minutos, ya que la Villa se veía repleta de turistas. Esa noche comimos asado y algunos compartimos un buen vino, que en mi caso no volvería a probar hasta mi regreso a Buenos Aires.
El día uno arrancó con un camino para mi conocido, hasta la bifurcación de rutas, donde a la derecha se va por 7 lagos a San Martín de los Andes y a la Izquierda hacia el pasó Samoré. Después de la bifurcación, una sucesión de subidas y adrenalínicas bajadas de buen asfalto, me hicieron sentir en un parque de diversiones. Luego de ellas llegamos al puesto de migraciones y tras el consabido trámite migratorio, estaba previsto el almuerzo a la vera del camino. Este se hizo esperar, ya que la combi que nos acompañaba, vio demorado su paso debido a la gran cantidad de vehículos que a esa hora se apiñaban en el puesto fronterizo.
Luego del almuerzo, reiniciamos la marcha rumbo al límite y en forma simultánea con el desmejoramiento del tiempo el camino se ponía más y más empinado.... recién arrancaba la cosa y por momentos tenía ganas de abandonar, pero pedaleando en relación 1:1, un poquito caminando y otro poquitito a pie, logré llegar al límite internacional. Unos cientos de metros antes de llegar un mirador al costado del camino, nos regaló una vista sobrecogedora de la ruta que acabábamos de transitar.
Llegamos al cruce pedaleando y tras las fotos de rigor emprendimos la empinada bajada hacia el pacífico, mientras una ligera llovizna mojaba nuestros rostros, recorrimos a velocidades cercanas a los 70 km/h, la distancia que nos separaba del control migratorio chileno, fueron 15 km a puro vértigo, no puedo decir que haya visto mucho pero las sensaciones fueron invalorables. En el control, luego de una revisión minuciosa de nuestros equipajes, absolutamente inusual de este lado de la cordillera, nos confiscarían 8 paquetes de lentejas.
Las bolsas de alimento para perros con las que una compañera protegía sus bártulos, provocó la confusión del can encargado de la revisión que una vez olfateado el alimento pareció declarase en huelga de narices caídas y no quiso laburar más. Esta situación provocó la hilaridad del grupo, lo que llevó al celoso funcionario a cargo de la revisación a explicarnos que la reacción del animal se debió a que detectó la presencia de harina de carne, producto cuya entrada al país estaba prohibida, intentando salvar, de este modo el buen nombre y honor del animal.
Pocos kilómetros después del control chileno y luego de otras impresionantes bajadas arribamos al camping Anticurá, que comparado con los campings de Argentina era absolutamente agreste. Por otra parte, nos llamó la atención que el mismo estuviese prácticamente desierto hasta nuestra llegada.
El día dos arrancó con una ligera llovizna que nos acompañó durante toda nuestra jornada: El tiempo, tiempo variable dentro de lo malo, nos sometía a la necesidad de adecuar la vestimenta a cada rato. Pasábamos de sofocarnos por el calor en las subidas a cagarnos de frio en las bajadas. Al salir de la selva Valdiviana, paramos para almorzar bajo un frondoso árbol al costado de la ruta, comimos panchos, que luego se convertirían para mi gusto en el plato estrella de los almuerzos.
Para no abundar en el tema gastronómico, pero tampoco pasarlo por alto. Aquí diré que a la mañana nos esperaba un desayuno con café, cacao y otras infusiones calientes, al mediodía comíamos sándwiches diversos y por las noches gracias a la habilidad de uno de nuestros guías cenábamos comidas calientes básicamente energéticas. Debo reconocer que cocinar para veintipico de personas nos es tarea fácil y menos cuando hay que hacerlo al aire libre y contando con solo un par de ollas. Chapeau, para el cocinero.
Concluido el almuerzo pedaleamos hasta la localidad de Entre Lagos, donde subimos las bicis al tráiler y en bus nos fuimos primero a Osorno y luego a Puerto Varas, una especie de San Martín de los Andes chileno. Esa noche dormimos, en un hermoso camping donde armamos nuestras carpas bajo un bosque de arrayanes a orillas del lago Llanquihue, desde donde dicen, se aprecia una hermosa vista del volcán Osorno, que no estuvo disponible para nosotros debido a las inclemencias del tiempo. Me apenó saber que el de Quetrihué no es el único bosque de arrayanes del mundo como hasta ese momento pensaba.
La mañana siguiente arrancó, para variar, con lluvia la que nos acompañó todo el día hasta nuestro arribo a Puerto Montt. Este tramo fue bastante estresante dado el que el intenso tránsito sumado al mal tiempo requirió toda nuestra concentración para evitar cualquier percance en la ruta. En Puerto Montt nos hospedamos en un albergue familiar y aprovechamos para ir a las “Concinerías del Puerto”, tal vez el lugar más emblemático de la ciudad. Lo peor de Puerto Montt sin duda la estatua inspirada en el bello tema de Los Iracundos que lleva el nombre de la ciudad. Realmente in-mirable, en fin....
Al dejar la ciudad, arrancamos el pedaleo por la mítica Carretera Austral, con el Pacífico a nuestra derecha y Los Andes a la izquierda. Destino: Caleta La Arena, donde abordaríamos el primer Ferry. Tras un corto viaje arribamos a la comuna de Hualaihue, donde nos alojamos en una casa de familia cercana.
El lugar era un camping agreste en el que también estaba la casa familiar. Si bien precario el lugar nos regalaba una vista privilegiada del –a esa latitud- recortado litoral marítimo chileno. A la mañana, un incidente con la falta de un chaleco de duvet demoró nuestra partida por casi tres horas. Con un poco de bronca, nos fuimos sin que el mismo apareciera, pero seguros que nadie de los nuestros lo tenía. Finalmente a la tarde nos llaman por teléfono pidiendo disculpas y avisándonos que el chaleco había aparecido en la camioneta del dueño de casa, de donde nunca había salido. Y bueh....
La partida demorada y el fortísimo viento marino hicieron este tramo sumamente difícil. Durante todo el trayecto fui cerrando el pelotón y por más que lo intentaba no podía ir más rápido. El programa era llegar a Hornopirén al anochecer para tomar el Ferry a la mañana siguiente. Con el correr de las horas nos dimos cuenta que la meta iba a ser inalcanzable, así que se decidió que la combi se adelante para dejar los equipajes en nuestro destino y regresara por nosotros y las bicis. Resultado, llegamos al camping a cerca de 11 de la noche, en medio de una lluvia persistente. Armamos las carpas como pudimos, comimos algo, nos bañamos y a eso de las 1 de la mañana estaba en la carpa. De tan cansado que estaba casi no dormí.
Amaneció con sol y aprovechamos el viaje en Ferry de casi cinco horas para descansar y reponernos de la dura jornada del día anterior. Luego de casi cinco horas de navegación llegamos a Caleta Gonzalo, un lugar alucinante. Puerta de ingreso al Parque nacional Pumalín, propiedad del magnate Douglas Tompkins. Siiiii, el mismo que también es dueño de parte significativa de nuestros Esteros del Iberá ¿Raro no?
A la noche llovió y la mañana siguiente amaneció gris, guardamos las carpas mojadas y arrancamos rumbo al camping el Volcán desde el cual, si el tiempo lo permitía tendríamos una privilegiada vista del volcán Michinmahuida ... pero no hubo suerte. Aún bajo lluvia y la bruma el lugar era hermoso. Éste Tompkins, no es ningún tonto comprando terrenos, pensé.
La próxima etapa nos conduciría hasta Chaitén, ciudad destruida en mayo de 2008 por la erupción del volcán de homónimo. La destrucción fue tal que el gobierno procedió a evacuar a la totalidad de los habitantes, con la idea de relocalizarlos definitivamente. Sin embargo un grupo de rebeldes, individuos imprescindibles para la especie humana, se resistió al traslado y la ciudad resurgió literalmente de las cenizas. Allí nos esperaba una linda posada y por fin volveríamos a dormir en una cama.
El camino a Chaitén, inmerso en la selva Valdiviana era alucinante y la espesa vegetación, compuesta de árboles inmensos y helechos gigantes evidenciaba que el tiempo lluvioso que nos acompañaba desde nuestro ingreso a Chile, no era la excepción sino la regla del lugar. Al final de una de las interminables bajadas de ripio, reportadas por todos los expertos como peligrosas, justo en el punto donde el ripio se unía al hormigón de un puente, volé por los aires y sentí como mi cabeza, casco mediante, se estrellaba contra el piso. Por un momento vi una luz intensa como un relámpago y me encontré boca arriba mirando el cielo y repasando mentalmente mi humanidad... estaba entero.
Rápidamente mis compañeros de viaje se aceraron a ayudarme y me recomendaron quedarme un rato tirado sin hacer movimientos bruscos hasta asegurarme que todo estaba ok. A los pocos minutos, estaba en pie buscando parte de mis anteojos que increíblemente habían salido indemnes al igual que yo. Por el contrario mi casco estaba rajado justo en la zona que se corresponde con la unión de los huesos occipital, parietal y temporal. Fin de la historia, de allí en más, con casco hasta para ir a la panadería.
Retomé el pedaleo sin dificultad y cuando estábamos casi por salir del parque nos encontramos con una pista de aterrizaje en el medio de la ruta y para nuestro asombro justo en ese momento un avión estaba a punto de aterrizar en ella. Al terminar la pista comenzó el asfalto y tras una larga subida, en la cual fuimos salvajemente atacados por los tábanos, apareció una bellísima bajada en la que registré una velocidad de 63,67 km/h. Nada mal para alguien que un par de horas atrás había visto la luz.
Llegando al Chaitén paramos a sacar unas fotos y fue entonces cuando tomé conciencia del intenso dolor en mi cadera que prácticamente me impedía apoyar el pié izquierdo. Esa noche un poco saltando en una pierna y apoyándome en los hombros de mis compañeros logré ir a cenar con ellos y retornar al hotel. Debo decir que en medio de mi adversidad, me sentí muy cuidado y mimando por todos.
Al día siguiente, el dolor había disminuido pero me costaba mucho bajarme de la bici, así que decidí no pedalear y viajé en la combi mirando el paisaje desde mi asiento. Todo ese día fue soleado pero a la noche, como no podía ser de otra manera llovió intensamente. A la mañana seguía lloviendo y volví a subirme a la combi, mirando no sin un poco de envidia como el resto del equipo se disponía a pedalear.
Sin embargo, a los pocos km en el pequeño pueblo de Santa Lucía, terminamos todos refugiados en un tinglado, donde nos guarecimos de una fuerte lluvia acompañada de rachas de viento muy fuerte que impedían el pedaleo o lo tornaban innecesariamente riesgoso. Otra vez la combi tuvo que llevar el equipaje al lugar elegido para pasar esa noche y volvió por nosotros varias horas después. Llegamos al camping al anochecer y comimos en un quincho cerrado, algunos optaron por dormir adentro, pero yo resignado a la lluvia armé mi carpa afuera y dormí plácidamente durante toda la noche.
El trayecto previsto para el día siguiente, iba a ser corto por lo que decidí tomarme el último día de descanso de pedaleo para estar entero el resto de la travesía. De Futaleufú al límite con Argentina la cinta asfáltica transcurría por un hermoso valle transversal, por lo que el segundo cruce de la cordillera, de nuevo arriba de mi bici, fue muy tranquilo.
Irónicamente, luego del cartel que anunciaba, bienvenidos a la República Argentina, el camino se tornó sumamente duro, con ripio grande y suelto que dificultaba nuestro avance hacia el camping. Quienes dicen que el ripio en Chile es malo tendrían que ver el de la ruta nacional 259 y después charlamos. Durante el traqueteo desde el puesto fronterizo hasta el camping Puerto Ciprés a orillas del río Grande, mi campera impermeable se escapó del portaequipaje y como era el último de la fila allá quedó contaminando el ambiente, pido disculpas por esto pero no puede evitarlo.
La noche se presentó muy fría y ventosa y tuve que trabajar más de una hora a oscuras, para girar poco a poco mi carpa, que había sido tumbada por el viento y poder entrar en ella para descansar. Restaban dos días de pedaleo, uno por ripio hasta Trevelin y un corto tramo a Esquel por ruta asfaltada. En ambas localidades dormimos en camas en lugar de carpas lo que nos ayudó a recomponernos para el regreso.
En Esquel, tuve un día libre que aproveché para tomar “La Trochita”, tren en el que viajé cuando niño desde Ingeniero Jacobacci a Esquel. Me entristeció ver como un medio de transporte imprescindible, fue convertido por desidia de los gobernantes en un atractivo turístico que me atrevo a calificar como un “monumento a la autodestrucción”. Espero que mis hijos vean el día en que se dejen de convertir estaciones ferroviarias en centros culturales y vuelvan usarse para su fin específico que nunca debieron perder.
Al día siguiente, tomé el avión en Esquel y en menos de tres horas estaba abriendo la puerta de casa. Habían terminado unas vacaciones distintas que a pesar de cansadoras me cargaron de energía para más de un año. En el 2015 volveré a cargar las pilas.

lunes, 9 de junio de 2014

PEDALEANDO DE BARILOCHE A SAN MARTÍN DE LOS ANDES



Aquel enero de 2013, me quedé con la sangre en el ojo. Pasé mis vacaciones en Villa La Angostura, sin mi bici y casi muero de envidia al ver como muchos ciclistas disfrutaban los increíbles caminos de la comarca. De tanto envidiar, un día alquilé una bici para dar un mini paseo por los alrededores de la Villa y fue tal mi entusiasmo con la experiencia que al volver del mismo escribí en mi Face  “cuando regrese a Buenos Aires, me pongo a organizar un viaje en bici por el sur”. 

Dos amigos, colegas pedaleros del CAP, al leer mi comentario lo tomaron en serio y ya no hubo vuelta atrás.  En pocos días había diseñado la logística básica del viaje y de forma expeditiva coordinamos agendas para arrancar la gira antes de fin de febrero. 

La idea inicial, modesta, fue unir San Martín de los Andes con Villa la Angostura. Sin embargo, el itinerario final fue Bariloche - Villa La Angostura - San Martín de los Andes por el camino de los 7 lagos. El cambio de planes, del que ahora me alegro totalmente, obedeció a que conseguimos una tentadora oferta para volar a Bariloche al precio del bus, así que no lo dudamos.

Temerosos por la suerte de nuestras bicis durante el viaje aéreo, optamos por despacharlas en cajas, que si bien son algo incómodas brindan una protección casi total a las máquinas.  El primer contratiempo se presentó en Aeroparque cuando a la hora de embarcar anunciaron que nuestro vuelo estaba demorado. Mal presagio pensé,.... pero por suerte la demora fue menor a una hora.

Ya en Bariloche, nos alojamos en el hostel Tango Inn Soho. No tengo una opinión formada de la calidad de lugar pero podría definirlo así “si sos joven  y buscás conocer gente,.... puede ser, si pretendés descansar olvidate”  La cena fue pizza libre y gaseosa en un boliche orientado al público local, abonamos 104 mangos en total, precio más cercano a Villa Martelli que a Bariloche.  Volvimos al hostel a dormir, cosa que logramos solo parcialmente, dado que nuestra habitación daba al jardín donde los huéspedes se reunían a charlar casi durante toda la noche.

Antes de las 8 de la  mañana estábamos armando las bicis en una pequeña tarima similar a un escenario, mientras éramos atentamente observados por los pocos huéspedes despiertos a tan temprana hora.  El proceso de armado de bicis y la disposición del equipaje, posiblemente por el alto grado de exposición, nos llevó más tiempo del esperado.  Finalmente, a eso de las 11,40 partimos en dirección a Villa La Angostura. A menos de 500 metros de la partida, tuvimos que detenernos para acomodar nuevamente la carga de uno de los tres mosqueteros que para entonces, que estaba totalmente fuera de su lugar. 

El día se presentaba inestable y ventoso pero no lo suficiente como para preocuparnos, estábamos contentos y disfrutando del pedaleo y el paisaje.  A pocos kilómetros de la partida, cruzando el Rio Limay nos encontramos con el emblemático “Boliche Viejo” y dada la hora decidimos que no estaría mal picar algo en el histórico lugar. 

Menú: Riñones a la provenzal, matrimonio, cuarto de pollo a la parrilla y ensaladas varias.  Bebimos agua y de “postre” una cerveza, ya que queríamos estar livianitos para la pedaleada. Al salir del Boliche y encarar la subida que nos esperaba, me di cuenta que, al menos yo, no lo estaba, pero….había que pedalear y pedaleamos. 

Terminada la subida, a los pocos km, giramos a la izquierda rumbo a La Angostura. A partir de ese momento el tiempo comenzó a desmejorar y el viento soplaba tan fuerte que lograba convertir las bajadas en subidas. El camino era duro, pero estábamos ahí, disfrutando el desafío.

Poco a poco, la estepa patagónica iba cediendo su lugar al bosque y en el momento que nos topamos con el brazo Huemul del lago Nahuel Huapi, el viento sopló con tal fuerza que me sacó de la ruta como si fuera una hoja.  Paramos un rato para ver el espectáculo del lago embravecido y discutir en que punto pasaríamos la noche y acordamos que sería un camping agreste, ubicado algo más allá de la mitad de camino entre Bariloche y Villa La Angostura.

En el momento que arreciaba la lluvia vimos algunas señales de actividad antrópica en la zona y a los pocos minutos nos encontramos en la entrada del camping “Los cipreses”, junto con nosotros pero en dirección opuesta llegó al lugar Marcos, una especie de Forrest Gump francés, que en ese momento recorría la Patagonia a paso vivo. Los cuatro, fuimos ese día, los únicos huéspedes del lugar.
 
Como aún era temprano para dormir y llovía mucho nos fuimos, francés incluido, a la casa de Norma y Leonardo, los encargados del camping. Mientras charlábamos de temas diversos dimos cuenta de un número indeterminado de Quilmes y hasta logramos sin pedirlo que Marcos pagase una.  Mientras conversábamos animadamente veo que Leonardo le hace una discreta seña a Norma y al ratito ella pone una sartén al fuego y empieza a preparar tortas fritas para todos. Como si el mundo se estuviese por acabar comimos cantidades industriales de tortas fritas acompañadas con  ensalada de caballa y tomates; todo regado con mate amargo y abundante cerveza en un maridaje que envidiaría el mismísimo Francis Mallmann. Pasadas las 11 de la noche cuando ya todos se habían ido a dormir me despedí de nuestros anfitriones y bajo una fuerte lluvia me fui  a mi flamante carpa, su bautismo de campaña no podría haber sido mejor…. llovió toda la noche.

A la mañana siguiente unos tímidos rayos de sol se colaban entre las nubes dando unos reflejos dorados en las montañas vecinas.  Iba a ser un día hermoso, rápidamente desarmamos las carpas y las pusimos a secar en la playa. Norma nos esperaba con café con leche y sándwiches de Salame y queso y Leonardo, nos enteramos luego, se había levantado temprano para pescar una trucha para nosotros, pero no tuvo éxito.  Cuando pedimos la cuenta, para emprender de nuevo el viaje, vimos que, ni las tortas fritas, ni el exquisito desayuno estaban incluidos. “Es nuestro regalo por la agradable compañía” dijo Norma a modo de justificación.  Casi tuvimos que enojarnos para que aceptaran el pago de todo lo consumido, es nuestro regalo, por tanta hospitalidad, dijimos.

El viaje a Villa La Angostura, parecía un trámite sin embargo, a pesar del día hermoso, el viento de frente unas veces y cruzado otras, nos hizo el tramo bastante dificultoso. Los camiones que se dirigían al paso Samoré tampoco ayudaban ya que nos pasaban finito al punto que más de una vez nos tuvimos que tirar a la banquina para evitar la succión que produce semejante mole pasando a alta velocidad.  No entiendo porque no tocan la bocina antes en lugar de hacerlo cuando ya están encima.

Como arrancamos temprano, al mediodía estábamos entrando a la Villa, justo con tiempo para ir a comer unas excelentes truchas regadas con buen vino, en un hermoso restaurante en la Bahía Mansa, con vista a la maravillosa.  Si van por la Villa no dejen de ir a este lugar perteneciente al Instituto de Seguridad Social de Neuquén, próximo al Mesidor, no se van a arrepentir. Terminado el almuerzo nos dirigimos al camping Unquehue, ubicado justo detrás del supermercado Todo. El camping estaba casi vacío así que de tanto lugar que teníamos para ubicar las carpas tardamos como una hora en decidirnos. Luego un baño caliente, una comida liviana y a dormir, la aventura recién comenzaba.

El tercer día arrancamos a eso de las 11 ya que el trayecto hasta el lago Espejo Chico iba a ser corto.  La subida hasta la bifurcación entre el camino que conduce al paso Samoré y la ruta de los siete lagos fue dura, pero en compensación nos regaló unos paisajes maravillosos que desde el asiento de la bici, parecen más bellos aún.  Luego de las consabidas fotos, frente a las señales que documentaban nuestra posición geográfica, continuamos el camino rumbo a San Martín y aferrados a las bicis en las impresionantes bajadas parecíamos chicos gritando y riendo mientras el viento aún tibio de un verano excepcional nos acariciaba el rostro.  Leonardo nos había recomendado las hamburguesas completas del camping Espejo Chico y a por ellas fuimos.  Como el camping cobraba por usar las duchas optamos por bañarnos en el lago, lo que no solo fue más económico, sino infinitamente más gratificante.

Como lo nuestro era un paseo habíamos planificado etapas cortas para disfrutar por igual del pedaleo y de cada rincón del camino.  La próxima parada sería Pichi Traful, por eso recién dejamos el lago Espejo Chico, pasado el mediodía, luego de dedicar parte de la mañana a caminar e intentar algunos lances con la caña de mosca que mi compañero llevaba.  En el bello y serpenteante camino que va desde el camping a la ruta de los siete lagos; posiblemente distraído con la abundante vegetación y el canto de los pájaros, tomé mal una huella y sufrí un revolcón que me provocó un raspón que requirió lavado, desinfección y vendajes varios. Nada grave pero si incómodo. Si bien el tramo a nuestro destino era corto, el intenso calor, las obras en la ruta, el tránsito de camiones afectados a éstas y el polvo que levantaban debido al seco verano 2013 hicieron de esta corta etapa una de las más duras de todo el viaje.  Llegamos al camping Pichi Traful al anochecer justo en el momento en que el cantinero estaba despachando una cerveza helada a un grupo de jóvenes. ¡¡¡Esa es mía!!!! Grité.  Sorprendidos nos miraron y la ver mi pinta de ninja decadente y la no mejor estampa de mis compañeros de viaje dijeron: Ok, es tuya, si la pagás claro.

El brazo Pichi Traful es hermoso, pero sombrío por su ubicación geográfica, así que el sol tarda en aparecer por la mañana y se pone muy temprano por la tarde. Al día siguiente llegamos al Lago Falkner luego de pasar por el Escondido y el Villarino transitando una ruta aún de ripio pero en obras que cuando listas facilitarán el desplazamiento de automovilistas y ciclistas a costa de afectar un paisaje paradisíaco, pero dada la infinita belleza del lugar esto solo será percibido por aquellos que alguna vez transitaron la antigua y angosta ruta de los siete lagos hoy a punto de ser reemplazada por una moderna carretera de asfalto.

En el Falkner nos enteramos que el camping del lago Hermoso estaba cerrado desde el 2011,  debido a la lluvia de cenizas provocada por la erupción del Volcán Puyehue, considerada la mayor de los últimos 10.000 años, por lo que no había lugar donde alojarnos.  Ante esta alternativa, a la mañana siguiente nos levantamos temprano para encarar los casi 45 kilómetros que median entre el Falkner y San Martín de los Andes.   Ese tramo del camino fue muy distendido, pasamos por lago Hermoso, donde descansamos un rato en la playa, deleitando nuestra vista, antes de regresar a la ruta. Continuamos pedaleando hasta el río Hermoso donde almorzamos en la Posada Cordillerana.  Lo que nos esperaba después del almuerzo y la charla con el simpático dueño de la posada sería una casi interminable subida desde Río Hermoso hasta el paraje Arroyo Partido, así llamado porque en ese punto el pequeño arroyo se divide en dos brazos, uno de los cuales desagua en el Atlántico y el otro en el Pacífico.  Pasado este punto, arrancamos, entre risas y gritos de alegría el último descenso de 15 km. a una velocidad media de 50 km. 

Arribo a San Martín de Los Andes, festejos, llamadas telefónicas, abrazos, alguna que otra lágrima y la promesa de volver.  Esa noche, los festejos se extendieron en una cena con cordero patagónico y buen vino; al día siguiente envolvimos las bicis y tomamos el bus de regreso a Bariloche. Había terminado a los 60 pirulos, mi primera aventura patagónica en bici, pronto contaré mi segunda travesía y como no hay dos sin tres ya estoy comenzando a planear mi próximo viaje para el 2015.


miércoles, 12 de marzo de 2014

LA PLATA – BARTOLOMÉ BAVIO 2012
(Campos Verdes de mi Tierra Natal)


Luego de un tiempo demasiado largo sin salidas rurales, por fin el 14 de Octubre, volví con el CAP, a los caminos bonaerenses. Desde la salida a Pereyra de fines de Julio estuve ausente de en las salidas rurales, primero por el ultra lluvioso Agosto y luego por nanas propias de la edad.

Todavía recuerdo la salida a Pereyra mezcla de paseo, circuito extremo, reserva natural y jardín botánico con más de 10.000 ha. de superficie. La gran variedad de árboles exóticos que pueblan el parque, se inicia, al parecer, con de la muerte de Simón Pereyra. Cuentan que su hijo Leonardo, abrumando por la responsabilidad de administrar las 13.000 hectáreas legadas por su padre, emprende un viaje de 3 años por Europa y Rusia.  Durante ese periplo, entre otras cosas junta semillas de plantas diversas con las que posteriormente instala un vivero en la estancia.

Tendría mucho que escribir sobre la salida a Pereya, pero como no lo hice en su momento solo recuerdo el pasaje por “la cantera” lugar que, supe por una compañera platense, ha sido escenario de palos históricos y hasta un caso de aplastamiento de vértebras protagonizado, por un ciclista poco afortunado. Por ello, si piensan ir solos a este lugar les recomiendo que no intenten esos lances, sobre todo si son como el que esto escribe avezados bikers del descenso,…. lo digo por Chacarita Juniors que se fue a la B Metropolitana y no por otra cosa, que quede claro.

Por último, el regreso a un ritmo promedio de pedaleo por encima de los 25 Km. por hora con picos de mas de treinta, me hizo sentir en algún momento el abuelo del viento y hasta me permití especular con alguna próxima salida de martes,…. veremos. Bueno, en este punto sigo en veremos, que le vamos a hacer.

Volviendo a la salida a Bartolomé Bavio (nombre de uno de los primeros pobladores de la zona) les diré que comencé los preparativos la noche anterior, armando mi vianda y refrigerando dos latas de cerveza que, luego a las 4.45 de la mañana relocalicé cuidadosamente en el freezer, con el propósito de lograr una temperatura tal, que me permitiese degustarlas al medio día bien heladas,…. y lo logré

El resto de las vituallas las acomodé casi de memoria y en un santiamén completé la capacidad del bolsito trasero, de modo tal que finalizada la carga en el pobre no cabía un alfiler. Entre otras cosas, el 14 quedará grabado en mi memoria como el primer día cargué todo lo necesario para una salida de bici. Desde protector solar a parches, desde el corcho anti calambres a la cerveza helada, todo estaba dispuesto. Tan obstinado y minucioso estuve en la preparación del equipaje que aunque cueste creerlo hasta un litro de agua llevé...

A las 7,30 de la mañana arranqué hacia Constitución; en Lima y San Juan me encuentro con “las chicas” que bien custodiadas, avanzaban en grupo compacto con dirección a la terminal ferroviaria. A poco de llegar a la estación el grupo se hizo numeroso. Eramos, calculo, casi 30 ciclistas dispuestos a pasar un día a toda bici y sol.

Esta vez compré el pasaje a La Plata con mi tarjeta SUBE, detalle que no deja de sorprenderme y que habla a las claras del esmero que puse en la logística previa al viaje para que, aunque sea por una vez, nada fallase. Ya en el tren entre charlas y jolgorios nos íbamos acercando a nuestro destino Platense. Cerca de Pereyra, Alejandra descubre una linda vista desde la ventanilla redonda del fondo del vagón y sacamos varias fotos, hermosa idea que intenté plasmar en la foto que ilustra el relato.

Llegamos a la estación y mientras algunos aprovechaban para comprar bebidas o algún sandwich otros hicieron una rápida pasada por los toilettes antes de arrancar el pedaleo. Allí, nos esperaban Diana y Adrián, que en esta oportunidad resignó el pedaleo y actuó de apoyo llevando en la camioneta los bártulos de todos y eventualmente alguna bici en problemas.

El día estaba radiante y si bien no hacia calor, los rayos del sol parecían querer abrir todavía más el “agujero de ozono”; una más, de las tantas consecuencias nefastas de la estupidez humana.

Tras tomar una diagonal y rodear algunas de las típicas y hermosas plazas Platenses tomamos la avenida 7 al sur y casi sin percibirlo en pocos minutos dejamos atrás la ciudad para adentrarnos en el campo que en ésta época y gracias a la gran humedad del suelo luce un color verde intenso que transmite energía.

Cuando finalmente dejamos atrás el asfalto ingresamos a un camino para el cual no tengo otra definición que “lamentable” una arcilla durísima llena de huellones y pisoteada por animales presagiaba un sufrido avance hacia Bavio. Por suerte el mal trago duró solo tres o cuatro kilómetros que parecieron 15. Luego ingresamos a un tramo donde rodar era un placer.

Diana fue la primera que pinchó, como hubo alguna que otra complicación y a la sazón por allí pasaba una carrera en la que participaba nuestro amigo Luis, decidimos esperar su paso, al cabo de unos cuantos minutos pasó el lote puntero en nutrido pelotón y Luis no estaba, hubo cierta decepción en todo el grupo pero igual aplaudimos el esfuerzo de los punteros.

Tras el pasaje de varios pelotones sin Luis, un cierto desaliento nos invadía a todos y no faltó quien espetara “Luisito se quedó a dormir en la casa” a lo que contesté “para que va a quedarse a dormir en la casa si puede dormir al aire libre en el sofá”… y en algo no me equivoqué, no se había quedado a dormir en su casa. Al cabo de unos minutos vemos acercarse un pelotón liderado por un ciclista de jersey lila y verde era Luis; entonces la barra estalló en vivas y aplausos y como repuesta el corredor nos saludó haciendo puchero y con un brazo en alto, maniobra temeraria que casi le cuesta una caída pero de la cual se recompuso en el acto.

Dejamos pasar unos minutos y reiniciamos la marcha antes que la totalidad de los ciclistas terminara la pasada por ese punto, por suerte a no más de un Km. Nuestro camino y el de los competidores tomaron rumbos distintos. Ahora un camino de conchilla bordeado de manzanillas y achicoria nos encaminaba directo a Bavio.

Ya a punto de alcanzar el corto tramo de asfalto que nos depositaria en el pueblo, Diego pincha. Hay una regla infalible en el ciclismo rural “si el día es muy caluroso o muy soleado las pinchaduras nunca serán a la sombra de un bosquecillo” en invierno por supuesto la regla se invierte. Cuando tras la parada monto mi bici, noto que mi rueda delantera estaba desinflada, dadas las circunstancias cargamos la bici en la camioneta y a bordo de la misma recorrí los últimos tres Km. hasta nuestro primer destino.

En Bavio comimos en la plaza del pueblo frente a la comisaría, por suerte la cerveza estaba a punto y la comida rica. Luego del almuerzo, arreglé la pinchadura como si supiese. Mientras comíamos Adrián recibe el llamado de Luis quien quería coordinar para encontrarse con el grupo. Se nos unió cerca de Correa donde paramos en un almacén de ramos generales y pulpería, realmente muy interesante. De allí el camino nos deparó un tramo de asfalto y luego unos cuantos Km. por vías abandonadas. En realidad debo decir por vías en desuso, porque abandonadas están absolutamente todas.

Al ingresar a las vías tras una pequeña subida pude comprobar que si bien mi técnica de pedaleo está un tanto estancada desde hace casi dos años; en caídas, tengo cientos de variantes algunas realmente imaginativas. En esta oportunidad puse en práctica la técnica que denomino “el tentempié” la cual consiste en un rápido rebote contra el piso que bien realizado te deja inmediatamente en posición vertical y con cara de nada. Al aplicar esta técnica es poco probable que alguien advierta tu caída pero si así sucediera como me sucedió la respuesta obligada es “todo bien, no pasó nada” aunque te estés cagando de dolor.

La jornada, aún nos deparaba más obstáculos corporizados en un camino de tierra ruinoso que revindicaba a aquel que nos recibió al comienzo de la travesía. En una huella aún cubierta por el agua la camioneta de apoyo tuvo que ser apoyada por los ciclistas que colaboraron para superar el trance. Algo más adelante un charco aún mayor obligó a un morador a abandonar su descanso y correr su vehículo, para permitir el paso de Adrián y su camioneta. Los últimos Km. por el camino destrozado dejaron mis asentaderas mas doloridas que si El Chúcaro se hubiera zapateado un malambo allí mismo, mientras Norma Viola batía palmas.

Lo que sigue fue la llegada a la Estación La Plata y un rápido abordaje del tren, un viaje de vuelta relajado, para muchos demasiado relajado ya que durmieron todo el viaje. De Constitución nos dividimos en dos grandes grupos los que fueron con dirección a Libertador y los que tomamos independencia.

Luego de un día intenso, de esfuerzo, diversión y camaradería, llegamos todos con buen ritmo y sin problemas. Al llegar a casa, saludé, me bañe, comí una rica pizza napolitana con tomates cherry que había preparado Selma y me desmayé hasta el lunes a las 6 de la mañana. A las siete fui a llevar los chicos al colegio, estaba feliz


jueves, 26 de septiembre de 2013

SALIDA SORPRESA DE PRIMAVERA



Mi principal interés en participar de esta salida, fue su duración -2 días- lo cual me daría la posibilidad de ventilar la carpa que estaba bien guardada desde mi primera travesía entre Bariloche y SM de los Andes que algún día contaré.
La semana previa al viaje, la pasé consultando compulsivamente los pronósticos extendidos de "The Weather Channel", que anunciaban un fin de semana fresco y soleado, tiempo ideal para el pedaleo. La mañana del viernes mostró un pequeño cambio en el pronóstico que ahora anunciaba un finde “algo nublado y fresco y con muy baja probabilidad de lluvias” nada alarmante ni mucho menos.
El sábado, a causa de la inquietud previa al viaje me desperté mas temprano que lo habitual. A eso de las 5 AM estaba preparando el desayuno y acomodando los bártulos que, curiosamente, ocupaban casi tanto espacio como los que cargué durante 7 días, por los caminos del sur. Miro por la ventana y el día pintaba excelente así que añadí a la carga un protector solar, con lo cual esperaba estar a cubierto del sol primaveral.
Pasadas las 8 AM salí rumbo a Caballito, para unirme con el grupo. Allí, previa carga de las bicis en el trailer, abordamos el tren con destino a Merlo. El viaje sin las bicis fue cómodo y distendido y hasta tuvimos la oportunidad de experimentar un vagón doble piso, en el que por momentos me sentí en otros lares. Durante el viaje, nos acompañó la duda acerca de sí el ramal Merlo-Lobos iba a funcionar o no ese sábado. Por ello, barajamos la posibilidad de hacer ese trayecto pedaleando o en colectivo. Finalmente el tren anduvo y llegamos a Marcos Paz a la hora prevista.
En Marcos Paz, mientras esperábamos la llegada de las bicis, el grueso del grupo, optó por un refuerzo de desayuno mientras que Sendero y yo nos quedamos un rato afuera, charlando y mirando de reojo como el tiempo iba desmejorando de una manera impensada hasta sólo unos minutos atrás.
Con las bicis ya listas, para arrancar la travesía, una enorme nube negra se había estacionado sobre nuestras cabezas. Es una nube pasajera, creí escuchar que decía Coty Oswald: Esta expresión, provenía de una experta lo que me dio mucha tranquilidad para encarar el camino. Al iniciar el viaje, nos acompaño una leve garúa que pronto se convirtió en una molesta llovizna. Todos pensábamos, que pronto nos abandonaría, pero nos equivocamos ...... La pertinaz llovizna se convirtió en intensa lluvia, que con altibajos nos acompañó hasta nuestra primera parada en Villars.
Camino a Villars, una calle cerrada de manera inconsulta por un barrio privado, nos obligó a nuestro primer desvío. Cruzamos un alambrado para llegar a la vía del tren que por suerte es territorio federal y por lo tanto de libre tránsito. De esta forma, ya bajo intensa lluvia, sorteamos el inesperado obstáculo, a través de un hermoso trayecto por ocasiones dentro de una arboleda que bordeaba las vías y en otras atravesando con algún esfuerzo viejos y deteriorados puentes ferroviarios. Cuando llegamos a Villars la lluvia había amainado, mi elemental y algo trucha campera de lluvia había cumplido su cometido y para tranquilidad de todos encontramos un boliche abierto, donde saciar nuestra sed y comer algo, antes de continuar la travesía. Nos alimentamos mayoritariamente con milanésas o pastas. Nos hidratamos, algunos con cerveza, y otros; ignorantes de cualidades isotónicas de la birra, se inclinaron por el Gatorade, ¡pobrecitos! Promediando el almuerzo notamos que la lluvia había parado. Maldición, va ser un día hermoso .....
Nos disponíamos a partir, cuando la lluvia comenzó de nuevo y esta vez, decidió acompañarnos durante toda la tarde hasta casi la llegada a destino. El abundante barro en ciertos lugares del camino indicaba recientes lluvias torrenciales. Disfrutaba de la lluvia en mi rostro cuando un inesperado llamado de la naturaleza, me hizo apartar del grupo para aprovechar el reparo y privacidad que brindaba una añosa cortina de Eucaliptos. Ahí estaba ca .... vilando, cuando el zumbido de una abeja, que sobrevolaba mi cabeza me trajo recuerdos de otros tiempos. Fue entonces, cuando me di cuenta que había transitado ese mismo camino durante años y casi sin haberlo visto, .... Que distinto se ve todo desde la bici, gracias a dios que vine, pensé...
Cumplido el mandato natural, me reincorporé al grupo que, más por prudencia que por pudor, me esperaba unos 700 metros adelante. Pocos minutos después, cruzamos el arroyo ”El Durazno” que en ese momento se veía con buen caudal de agua, producto, seguramente, de lluvias fuertes en la parte alta de la cuenca.
Finalmente tras casi 40 Km de tierra, barro, vías y puentes ferroviarios con su ya folklórica falta de durmientes, llegamos a destino, Lozano. Lozano es hoy, un agónico caserío, donde sus construcciones más destacadas son un almacén ubicado en el cruce de caminos, la escuela, la vieja estación de trenes y justo enfrente, la pulpería, seguramente el embrión de un pueblo que no fue.
Luego de dejar las bicis en el andén de la vieja estación, organizamos nuestro aposento para esa noche ....el viejo galpón de la estación.. Dado el mal tiempo reinante ni atiné a armar la carpa y acomodé mis petates en el galpón.. Hecho esto, dimos una pequeña vuelta por el caserío y mientras Guillermo me instruía sobre la arquitectura de la estación, construida por una empresa francesa, Leonel deslizó una frase que me conmovió “desmantelar los ferrocarriles, es equivalente a dinamitar las rutas”: ¡¡¡Cuanta verdad!!!
El tiempo inclemente invitaba al viejo boliche donde un grupo armó una mesada de truco, con vino y todo, en tanto otros conversaban amuchados cerca de la salamandra. Serían las seis de la tarde cuando, en bicicleta, llegó un paisano que acodado al mostrador, pidió un vino.

 
A eso de las ocho se sirvió la cena, unos ravioles caseros como los que hacia mi vieja y que a veces, bajo su estricta supervisión, yo cortaba con una ruedita metálica de bordes ondulados. Me comí dos platos repletos y hubieron quienes dieron cuenta de tres. De postre pastelitos rellenos con dulce de membrillo. Todo tan light que le haría agua la boca al mismísimo Cormillot. Cuando nos retiramos a dormir el paisano seguía ahí, apurando vaso tras vaso, no sabemos como hizo para llegar a su casa pero, al día siguiente, desde el boliche nos confirmaron que llegó bien.
Cuando el grueso del grupo llegó al galpón, ya había quienes estaban en brazos de Morfeo y lo hacían notar con ronquidos con diversas tonalidades y ritmos. Hubo algunos minutos de algarabía y comentarios varios sobre nuestros somnolientos amigos, hasta que lentamente todos quedamos dormidos. Durante la noche, se escucharon algunos ruidos en el galpón que parecían provenir del techo, hubo distintas conjeturas sobre su origen, desde aquellas que los atribuían a algún tipo de alimaña, a las que los adjudicaban a cuestiones meramente físicas. Yo, por mi parte, me inclino a pensar que se trataba del fantasma del último jefe de la estación, quizás disconforme con nuestra presencia en el lugar.
La mañana siguiente se presentó fría pero ya sin riesgo de lluvias. Luego de un pantagruélico desayuno en el cual sobresalieron las tortas fritas y el café con leche recién ordeñada, arrancamos con destino a Luján.
La lluvia del día anterior, nos depararía variados caminos, desde aquellos en los cuales la lluvia contribuyó a compactar la arena, hasta otros en los cuales tuvimos que transitar por complicadas y barrosas huellas. Luego de algunas horas de marcha llegamos a Enrique Fynn, antigua estación ferroviaria ya sin vías, donde visitamos una antigua y modesta capilla. Mientras algunos disfrutaban fotografiando el edificio, otros observaban con malicia y algo de gula, los corderos que pastaban en el campo vecino, imaginándolos tal vez como nuestro próximo almuerzo.
Saliendo de Fynn, comencé a sentir mucha dificultad para hacer avanzar la bici pero con esfuerzo seguí adelante. Cinco kilómetros más adelante Alejandro notó la falta de su celular y tuvo que regresar en su búsqueda, afortunadamente lo encontró frente a la capilla. El resto del grupo continúo hacia Plomer donde estaba previsto el almuerzo, a poco de andar veo que mi rueda delantera está baja. Luego del obligado reemplazo de la cámara la bicicleta rueda mejor, evidentemente venia con la rueda baja desde unos cuantos kilómetros atrás. El pinchazo me hizo ver con total claridad que mi vieja y querida Tioga que me acompaño por tantos caminos, había llegado a su fin
Al llegar al Plomer, ya bajo un sol intenso, nos acomodamos en la estación donde almorzamos y descansamos un rato. En eso estábamos cuando un grupo de motociclistas aparece transitando por las vías en dirección a La Choza, así es más fácil pensé.
Nuestros próximos destinos eran, La Choza, Sommers y finalmente Luján pero faltaba mucho aún. El tramo a La Choza fue por la vía y al llegar estaba casi convertido en un experto en el cruce de puentes ferroviarios donde siempre falta algún durmiente en el lugar más inesperado. Atrás había quedado aquel mal recuerdo de mi primer travesía en bici en la cual quedé varado sobre el arroyo Las Garzas durante más de 15 minutos hasta que alguien acudió a mi rescate.
Pasando Sommers, y tras unos cuantos Km de un camino durísimo, aprovechando la parada sobre un puente para sacar algunas fotos fui invitado a abordar la camioneta para descansar un rato. Mi “biciestima”, me mantuvo sobre las dos ruedas y a los pocos Km llegamos a la ruta 47 que tras algo mas de 14 Km de asfalto que transcurrieron con placer, llegamos a la estación de Luján justo para abordar el tren.
Viajamos cómodos y llegamos a Caballito algo pasadas las 20 horas, como la camioneta había tenido un pequeño desperfecto, aprovechamos la espera para comer algunas pizzas y tomar algo. A las 22.30 estaba a punto de ingresar a la ducha. Había terminado uno de mis mejores viajes en bici.